Industria Cosmética - Número 46

no siempre es suficiente. El valor se construye también desde la capacidad de una marca para expresar un punto de vista propio, conectar con una sensibilidad y ser relevante dentro de una determinada forma de vivir. Y si cambia nuestra manera de entender el valor, también debe cambiar nuestra manera de diseñarlo. ¿CUÁNTO NECESITA REALMENTE EL LUJO? Ya no basta con parecer premium. El packaging siempre ha sido un gran constructor de percepción. Antes incluso de probar un producto, ya hemos interpretado su forma, material, color, peso o gráfica. Lo hemos sostenido, abierto y cerrado. Y todo eso nos ha contado algo. Pero ninguno de estos recursos es lujo por sí mismo. Un frasco pesado puede transmitir permanencia. Un papel, artesanía. Una estructura precisa, innovación. Una determinada apertura puede transformar un gesto cotidiano en un pequeño ritual. El valor no está únicamente en el elemento físico, sino en lo que consigue transmitir. Esta distinción es especialmente importante ahora que muchos códigos premium son accesibles a prácticamente cualquier segmento. Podemos utilizar una tipografía sofisticada, un acabado especial o un vidrio pesado y conseguir rápidamente una apariencia premium . Pero parecer premium y construir una marca de lujo no son exactamente lo mismo. La diferenciación empieza cuando las decisiones dejan de responder a los códigos de una categoría y empiezan a responder a la identidad de una marca. BRANDING QUE SE PUEDE TOCAR Aquí el packaging tiene una capacidad excepcional: convierte algo abstracto en algo físico. La identidad de una marca no termina en su logotipo, su tipografía o su sistema gráfico. También está en una proporción, en el tacto de una superficie, en cómo encajan dos piezas, en la resistencia de una tapa o incluso en el sonido de un cierre. Por eso, en el lujo resulta cada vez más difícil separar branding y diseño estructural. Podemos definir una marca como precisa, radical, sensual, artesanal, tecnológica o irreverente. El verdadero reto es convertir esos conceptos en algo que alguien pueda sostener entre sus manos. ¿Cómo se toca una marca radical? ¿Cómo se abre una marca sofisticada? ¿Qué material expresa mejor una determinada forma de entender el lujo? No existe una respuesta universal, y precisamente ahí está la oportunidad. Cuando estructura, gráfica, materiales y experiencia nacen de una misma idea, el packaging deja de decorar el producto y empieza realmente a construir identidad. Esto es especialmente relevante en perfumería y cosmética, donde los envases forman parte de nuestros espacios y rituales cotidianos. Un perfume puede permanecer años sobre una cómoda; un sérum o una crema se utilizan cada día. Son productos, pero también objetos con los que convivimos. En este contexto, el consumidor no elige únicamente entre marcas de una misma categoría. Sus elecciones forman parte de un universo mucho más amplio de afinidades: cómo viste, qué objetos tiene en casa, dónde viaja, cómo entiende el bienestar o a qué decide dedicar su tiempo. El packaging también tiene que encontrar su lugar dentro de ese universo. ¿Y CUÁNTO DE TODO ESTO NECESITAMOS? Aquí entra inevitablemente una de las grandes transformaciones del sector: la sostenibilidad. Durante décadas, una parte del lenguaje del lujo se construyó mediante la abundancia. Más peso, más capas, más protección, más acabados, más complejidad. Hoy debemos revisar esa lógica. No sólo por la necesidad evidente de reducir materiales, residuos e impacto, sino porque nuestra propia percepción del exceso está cambiando. 119 OTOÑO 2026 INDUSTRIA COSMÉTICA 046 packaging de lujo

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