Número 39
la civilización. Desde las ánforas hasta las botellas y tapones actuales, cada forma responde a necesidades concretas de almacenamiento, transporte, conservación y comunicación. En cosmética, esta evolución se ha intensificado con el auge de la globalización, la competencia y las expectativas de los consumidores. Un frasco de perfume, un tarro de crema o un aplicador de máscara de pestañas no son fruto del azar: cada curvatura, cada grosor de vidrio, cada sistema de cierre responde a decisiones técnicas cuidadosamente estudiadas. La curiosidad inicial de preguntarse “¿por qué es así?” sigue siendo, en esencia, el primer ejercicio de aprendizaje en las escuelas de diseño. Sin embargo, en el tránsito hacia la profesionalización, esa mirada ingenua y retadora tiende a diluirse. En un ecosistema altamente tecnificado, la optimización domina todos los procesos: se reduce al mínimo la cantidad de vidrio en un frasco, se calculan los ciclos exactos de inyección de plástico, se diseñan geometrías que favorecen el montaje, el llenado y el transporte, y hasta el tamaño de partícula de un spray de perfume se mide con precisión milimétrica. En este escenario, cada cambio desencadena una cadena de ajustes que a menudo desemboca en la respuesta negativa de los departamentos técnicos. La tensión entre creatividad y restricción no es exclusiva de la cosmética, pero aquí adquiere un matiz particular: el envase es parte inseparable de la experiencia de marca. Según un informe de McKinsey & Company (2024), más del 60% de los consumidores europeos consideran el packaging como un factor decisivo en la percepción de sostenibilidad de un producto de belleza. Y en otro estudio de Deloitte, un 55% de los encuestados afirmaba haber cambiado de marca cosmética al percibir incoherencias entre el discurso sostenible y el envase utilizado. Estas cifras ponen de relieve la importancia del diseño no solo como contenedor, sino como vehículo de valores. En la práctica, innovar en packaging significa enfrentarse a limitaciones técnicas y económicas, pero también emocionales y culturales. Cada proyecto se convierte en una pequeña startup : exige convencer a distintos actores —desde ingenieros y diseñadores hasta responsables de compras, marketing y producción— de que el esfuerzo merece la pena. En palabras de un director de I+D de una multinacional del sector, “la innovación en packaging no se mide únicamente en materiales o en sistemas de cierre, sino en la capacidad de alinear a toda la cadena de valor hacia un mismo objetivo”. Este consenso requiere lo que algunos llaman “amor”: la habilidad de contagiar entusiasmo y compromiso para superar las dificultades. Ejemplos recientes ilustran esta dinámica. El lanzamiento de envases recargables en el segmento del lujo ha obligado a replantear no sólo los sistemas de dispensación, sino también la logística de retorno y las expectativas de los consumidores. Marcas como L’Occitane o Chanel han desarrollado sistemas de recarga que implican rediseñar la experiencia completa, desde la ergonomía del envase hasta la comunicación en tienda. Otro caso es el de los envases monomateriales, cada vez más extendidos como respuesta a las exigencias de reciclabilidad. Su implementación, sin embargo, requiere ajustes en maquinaria, compatibilidad con fórmulas y validaciones regulatorias que pueden tardar años en completarse. El reto no se limita a los materiales. En un mercado global, la legislación añade capas de complejidad. La Estrategia Europea de Plásticos y el Reglamento sobre envases y residuos de envases (PPWR) imponen objetivos ambiciosos para 2030: todos los envases deberán ser reciclables o reutilizables, con porcentajes mínimos de contenido reciclado. Estas metas obligan a la industria cosmética a repensar procesos que durante décadas parecían inamovibles. En este contexto, la innovación no consiste únicamente en lanzar un envase llamativo o en adoptar un material alternativo. Significa también replantear preguntas fundamentales: ¿qué cambios estructurales necesitamos para que una idea sea viable? ¿cómo lograr que lo técnicamente posible se convierta en industrialmente rentable y culturalmente aceptado? Según Euromonitor International (2023), el 72% de los consumidores considera que los envases de belleza deberían ser “más fáciles de reciclar”, mientras que sólo un 28% cree que las marcas ofrecen soluciones suficientes en esta dirección. Esta brecha entre expectativa y realidad se traduce en presión competitiva, pero también en oportunidad de diferenciación. En definitiva, el futuro del packaging cosmético dependerá de la capacidad del sector para equilibrar tres ejes: la innovación técnica, la creatividad estética y la coherencia sostenible. La mirada curiosa y cuestionadora, aquella que se fomenta en las aulas de diseño y que a menudo se pierde en la práctica profesional, puede ser el motor para superar inercias. Recuperarla significa abrir la puerta a soluciones que no solo cumplan con la función de contener un producto, sino que también encarnen la promesa de una industria más consciente y resiliente 87 ESPECIAL COSMETICAFORUM 2025 INDUSTRIA COSMÉTICA 039 diseño de etiquetas y packaging
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